Yo parpadeo y añado con ello una mirada de re-ojo. Giro, fingiendo ser la pollera que se bambolea con el viento y el baile silencioso bajo el sol. Me siento. Todo esto con la plena conciencia de tus ojos en mis movimientos y en el cielo, de la oscilación de tu atención razonando qué tan arbitrario puede llegar a ser.
-Ambos fingimos- es mi conclusión predilecta, es mi idea favorita mientras sueño con el momento en que tiramos los disfraces por la borda. Aún así no puedo negar el placer de los pequeños misterios, de los espacios en blanco que tendrás que completar para descifrarme y crear tu propia escritura de mis movimientos. Por mi parte, mientras visto mi máscara te escribo en mi misma, te encuentro en los libros -si supieras lo parecido que sos a Aliocha Karamazov te sorprenderías- y juego con tu identidad. Aunque me gusta encasillarte, nunca sos el mismo. Mi propio inconsciente te desnuda los rostros. Lo único que permanece es mi interés y el juego, a veces inocente, que se da entre nosotros cuando bailamos en el asfalto, en la arena, en los baños de una abadía, en una casa en incendio; con nuestras miradas, nuestras manos, nuestras bocas, nuestras voces. Es el ritual del pavo real, el despliegue de los encantos que proyectamos en nuestros párpados ante el poder del sol.
De todos modos, como sabemos, todo es fingido, todo es ornamento, todo es un rodeo a la verdad natural de lo necesario, los suspiros y la sonrisa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario