Tres vestidos con caras de sombra se asoman. Tres cuerpos iguales que mantienen el secreto de su rostro con tres voces distintas. Tres vestidos idénticos de colores cambiantes: uno verde, uno azul y uno rojo.
Tres mujeres que dibujan siluetas con sus brazos y sus palabras a coro, que hilan la verdad con el mismo rigor que las parcas cortan los hilos.
Joaquina, la del vestido rojo, cae al suelo empapándolo de lágrimas. Inunda la tierra de mares salados con sueños deshilachados. Sufre, desde el centro de su ser el incendio de su vacío, que a las tres aplasta, pero que ella, el corazón, no puede soportar.
El vestido azul camina nadando a su lado. Coloca, en el costado izquierdo de la clavícula de la mártir, sus manos para tomarla con fuerza. La sangre brota del hombro de Joaquina en la resistencia a Isabel.
- Lavantate, la fragilidad sin causa es imperdonable. Así termino tu padre por solo saber llorar: muerto en el único rincón de soledad que le quedaba, con solo dos pares de ojos que lo miraban con una culpable compasión y más de mil pupilas que lo observaban sin mirada, indiferentes.
Llorando levanta el cuello bruscamente. Su rostro oculto en el velo de sombra envía la furia a través del río de sangre que emana de su hombro. Sigue sin levantarse solo por ignorar a su razón.
- Hay voces que solo pretenden no estar vacías. Hay palabras que me inundan de las que agarrarme. Hay consuelo en las ficciones y en las páginas. Pero, a fin de cuentas, solo son palabras, moléculas de aire impulsadas, vibraciones con identidades abstractas, manchas de tinta. Y eso, no llena nada, no alcanza, no da calor. - El vestido rojo, con voz ida, blasfema, mientras se arrodilla con más firmeza, ahogando su cabeza en el vientre.
En la esquina sigue quieta Juana. No se anima a llorar. Una envidia la penetra hasta las costillas, llenándole la saliva de hiel al ver a su hermana en el anhelado éxtasis del llanto. Sus venas corren con la misma sangre que le mancha los zapatos originada en aquel hombro de resistencia.
La culpa se viste con su seda verde cuando mira a Isabel. Baja su cabeza de nube. Tiene sílabas atragantadas, pero hoy prefiere callar.
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