Desde mi primer llanto me trataron de arrebatar el nombre. Me perfumaron de letras hilvanadas en una etimología abstracta, creada por los monstruos. Me convencieron de que era eso, un significante vacío con la incertidumbre que debe tratar de resolverse en unívoco entre los 14 y 24 años.
Me sometieron, me obligaron a desear sonreír y emprenderme en el viaje sinsentido de la búsqueda de lo que ellos llamaron "felicidad". Me inculcaron la condenada idea del mal y el bien, de la culpa, del dolor. Me instruyeron firmemente en el control de los impulsos para después juzgarme de reprimido. Me manosearon para llamarme pulcro. Me violaron con la parafernalia de sus imaginaciones ciertas, de sus premisas justificadas en sonidos y en letras. Me arrebataron la libertad de morir en el intento de vivir. Me explicaron que la única forma de ser feliz es existiendo en el indeterminado período de la vida, de modo que lo único importante es hacer perdurar la condenada hora que corre sobre los pasos. Y con eso se llevaron mi elección de estar enfermo, me pincharon, me drogaron, confundieron a mis propias células, solo para que yo viva más y no me convierta en la pieza pérdida de su propia identidad al morir antes.
Pero lo peor de todo, es que en el medio de tanto y tan poco, después de convertirme en ellos, de justificar cada uno de mis movimientos en el sistema lógico de las pautas culturales o anti-culturales -como ellos las llaman- me obligaron a amar. Me insertaron la condena de ser permeable, me arrebataron la indiferencia, para que cada pupila se convierta en el deseo o en la repulsión, para que no pueda vivir sin ellas. Para que busque en cada rincón una respiración que me construya un mundo ficcional en el que me sienta lo suficientemente cómodo para no salir de él. Me clavaron en el centro ese dispositivo que concentra todos tus impulsos en un alguien, o en varios, que te condena en el deseo y la dependencia. Me hicieron débil a la carne y al alma. Con el amor pusieron ese grano de arena en la balanza, suficiente para que dude de hasta que punto ellos me enmascararon, para que sienta demasiado como para dudar del alma y del cuerpo, de la mente. Para que el otro se convierta tanto en mí que yo olvide que soy otro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario